Idealizar la ciudad


Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste

'Imaginar y especular cómo será la ciudad ideal y la ciudad del futuro, ha sido siempre un concepto revelador a través del que interpretar cuáles han sido los deseos y necesidades de cada época. Centrándonos en nuestra contemporenidad, contamos con la visión crítica que contenía la concepción urbana la idealización futurista art-deco de Metropolis , la reflexión filosófica que subyace a la apocalíptica visión cyberpunk de Los Angeles de Blade Runner, pasando por concepciones de una ciudad perfecta y futura como planteaban las imágenes de la Walking City de Archigram, la experimentación de la Nueva Babilonia de Constant Nieuwenhuys, el futurismo – pop de la compacta y vertical ciudad que se recorría gracias a
vehículos voladores de The Jetsons, la New New York de Futurama...'

 


'En su forma ideal, las ciudades imaginadas por los planteamientos urbanísticos más radicales, por la literatura o el cine se han plasmado a través de parámetros intraducibles a la esencia de la ciudad estrictamente real y viva. Hablar de ciudad ideal equivale casi inevitablemente a hablar de ciudad ficticia, de prototipo artificial, puesto que la ciudad real es algo hecho de una sustancia mucho más compleja, que funciona en cierto modo a la manera de un organismo vivo, capaz de reaccionar de maneras imprevistas a las regulaciones y planificaciones (acertadas o no) que quieran imponérsele y que va articulándose, en realidad, en base a parámetros que tienen más que ver con respuestas emocionales y psicológicas de sus ciudadanos a las condiciones sociales, políticas, económicas y culturales que van fluyendo sobre ella.

El concepto de ciudad ideal debe ser un objetivo puesto en práctica más que un hecho, una aspiración pragmática que debe tener como eje el cuerpo de la ciudad existente y los fundamentos básicos para procurar un bienestar y libertad, a nivel colectivo e individual, del ciudadano y ciudadanos. Cualidades en las que centrar esa aspiración de idealidad hoy: indudablemente prioritaria, continuar incrementando la diversidad y calidad del espacio público y los recursos destinados al servicio cívico, interviniendo desde planteamientos que equilibren la idiosincrasia de la ciudad con su puesta al día y orientación hacia el futuro inmediato. Esa concepción de futuro pasa hoy obligatoriamente por la generación de estructuras sostenibles y por la integración de las ciudades a las redes tecnológicas, teniendo presente que la ciudad ideal hoy surja de la capacidad para hibridar lo nuevo y lo viejo. La sostenibilidad no sólo derivará de un incremento de aplicaciones de energías limpias sino también de la capacidad con que cada ciudad sepa reciclar y regenerar sus propios recursos arquitectónicos y urbanos. Tal como ha sugerido William J.Mitchell, el desarrollo de las redes digitales podrá contribuir a inducir que se reduzca la necesidad de seguir generando nuevas estructuras urbanas.

Es preciso señalar la profunda diferencia que existe entre el significado de ‘ciudad ideal’ e idealizar la ciudad a partir de esas premisas urgentes de sostenibilidad y desarrollo de la tecnología digital. No habría que fascinarse antes esas propuestas urbanas que se plantean pluscuamperfectas visiones de ciudad de presente y hacia el futuro, y que parecen emerger de una especie de concepción darwinista de la arquitectura: como equiparando apariencia hipertecnológica a una expresión de superioridad. Como si esa supuesta complejidad formal, ese efectismo de colosales tótems tecnológicos, fuese el equivalente de una culminación evolutiva del lenguaje arquitectónico y, consecuentemente, de las maneras de habitar – una premisa desde las que ellas mismas se condenan a quedar desfasadas.

Estos conceptos que se plantean como nuevos modelos urbanos ideales niegan a la ciudad como un punto de encuentro de la sociedad, propiciando su espacio como territorio de diversidad. Experimentos como Dubai, incluyendo sus complejos de islas artificiales, que poco tienen de avance tecnológico y más de salvaje capitalismo, han marcado un punto de inflexión crítico porque en ese paisaje urbano creado en medio del desierto crece una arquitectura que habla de reinventar la ciudad pero que escasos valores y perspectivas aporta.

Por eso no hay que engañarse ni fascinarse ante la retórica ni la estética de emprendimientos que se denominan ‘ciudad’ como Masdar City en Abu Dhabi, cuyo plan maestro ha sido diseñado por Forster & Partners, y que se promociona como la ‘primera ciudad absolutamente sostenible’, pero que sin embargo, debe entenderse antes como la superficie de un gran centro comercial y de concentración de empresas que como una ciudad. Lo mismo ocurre con otros ejemplos, como New Songdo City presentada como una ciudad hipertecnológica, pero que no será más que un complejo destinado a funcionar como centro internacional de negocios. O el proyecto de Mass Studies, que con la Seoul Comune 2026,que intenta retomar de una manera estrambótica y feista el concepto de torres en el parque de Ludwig Hilberseimer, enmascarando tras su obsesión gestual la ausencia de un concepto que proponga consignas para la generación de nuevos paradigmas de desarrollo urbano.

Lo que resulta llamativo de estos nuevos ideales, interpretables como utopías o distopías, es que en esas estructuras supuestamente hipersostenibles y tecnológicamente avanzadas se encarna el ideal de entorno rígidamente controlado, previsible, e imbuido de una asepsia que como sugería el urbanista Kevin Lynch-, al materializarse, produjera una sociedad que tal vez bordease lo patológico.

A a esas obsesiones de perfección se opone la sustancia compleja, contradictoria, subjetiva, intensa y viva de la ciudad real como hábitat natural de lo humano, que absorbe su evolución, en su imposibilidad de culminar en cualquier idealidad.'

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